“Que la paz de Cristo reine en sus corazones, a la cual en verdad fueron llamados en un solo cuerpo; y sean agradecidos.” (Colosenses 3.15)

Meditación

“Que la paz de Cristo reine en sus corazones, a la cual en verdad fueron llamados en un solo cuerpo; y sean agradecidos.” (Colosenses 3.15)

El creyente llamado a vivir conforme a la identificación con Cristo, ha de ser controlado por la paz y la gratitud. El apóstol Juan hace referencia a la paz de Cristo, es decir, la que viene por la obra de Cristo y la que se experimenta y vive en unidad con Él (Jn. 14:27; 16:33; 20:19, 21). El Señor hizo la paz y nos dejó su paz, como un tesoro para los creyentes. Jesús había venido al mundo para realizar la paz con Dios, en Su condición de Mediador entre Dios y los hombres y en la de Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn. 1:29). Sobre la cruz Él se hizo nuestra paz: “Porque Él es nuestra paz” (Ef. 2:14). Jesús es “nuestra paz”, concordando con la expresión profética de Isaías que lo presenta como “Príncipe de paz” (Is. 9:6). Pablo desarrolla aquí uno de los múltiples aspectos de lo que significa que Jesús sea nuestra paz, enfatizando el hecho de que no sólo hizo la paz, sino que Él mismo es la paz en sentido de afirmación absoluta. Para todos abrió Dios la puerta de salvación (Ro. 10:12–13), permitiendo, por la obra de Jesucristo en un sacrificio expiatorio por el pecado, el acceso a todos los salvos, sin distinción de condición, a la presencia de Dios, de manera que la obra salvadora obtiene la paz con Dios, que se alcanza mediante la fe (Ro. 5:1). Por esa razón el camino al Lugar Santísimo quedó abierto para los salvos (He. 10:20).

Dios hace la paz en Cristo y por medio de su obra, de ahí que sea nuestra paz. Esta paz está entronizada en los cielos a modo de propiciatorio (Ro. 3:25) ya que a Jesús se le llama la propiciación, pero también el propiciatorio. Cristo vino a la tierra para rehacer y establecer definitivamente la paz entre el pecador y Dios (Jn. 14:27). En la Cruz se llevó a cabo la obra necesaria que hace posible esa paz de relación y comunión, en la que el creyente vive. Allí hizo la paz con Dios en la reconciliación (2 Co. 5:18–21).

 

El creyente es llamado a la paz. Pablo enseña esto, no solo aquí sino también en otro lugar (1 Co. 7:15). Por esta razón cuanto esté en manos del creyente para alcanzar la paz debe procurar hacerlo (Ro. 12:18). En ese sentido ha de intentarse todo cuanto contribuya a ella (Ro. 14:19). Es la natural consecuencia de la comunión personal con el Dios de paz (1 Co. 14:33a). La vida en la paz es un elemento indispensable para mantener la comunión con Dios (He. 12:14). El cristiano llamado a la paz se convierte en un pacificador (Mt. 5:9).

Mantener la unidad es mantener con solicitud aquello que Cristo hizo por medio de su obra en la Cruz. Un creyente que no viva, siga y promueva la paz entre hermanos, peca en dos sentidos: a) Contra el testimonio del carácter del Dios de paz; b) Contra la unidad del cuerpo. Cada uno de nosotros debiéramos preguntarnos si todo lo que estamos haciendo, contribuye a la paz.

El segundo elemento que ha de regir la vida cristiana es la gratitud. Cada uno de los salvos tiene motivos suficientes para manifestar gratitud como obligación moral continua. Esta es también una enseñanza reiterada en la Epístola (1:3, 12; 2:7; 3:15, 16, 17; 4:2). La gratitud es la respuesta a las bendiciones recibidas. Esto impide la vanagloria y los celos. La gratitud, al restar importancia al yo personal y orientar la vida hacia Cristo, promueve la paz. La ingratitud es un distintivo propio del incrédulo (Ro. 1:21). La obra redentora, las bendiciones de la santificación y la esperanza de gloria son provisiones de la gracia absolutamente inmerecidas por el hombre y que recibimos en base a lo que Jesús hizo por nosotros en la Cruz. Es la obra admirable de Dios que satura el corazón cristiano y le impulsa a la gratitud y al compromiso de vida como reconocimiento de la gracia recibida (2 Co. 5:14). Ante la obra redentora, la esperanza de gloria y la vida victoriosa en Cristo, no es posible otra cosa que una genuina y rendida gratitud.

 

(Samuel Pérez M.)

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