”Otra parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron y la ahogaron.” (Mateo 13:3.7)

Meditación.

Otra parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron y la ahogaron.” (Mateo 13:3.7)

Podemos escuchar un sermón y asentir a todas y cada una de sus palabras, y aun así no sacarle provecho, debido a la absorbente influencia de este mundo. Nuestros corazones, al igual que la parte del terreno “entre espinos”, pueden ser ahogados por una exuberante vegetación de preocupaciones, placeres y planes mundanos. Quizá nos guste de veras el Evangelio y deseemos obedecerlo y, sin embargo, es posible que, insensatamente, no le demos ninguna oportunidad de dar fruto, al permitir que otras cosas pasen a formar parte de nuestros gustos, y que terminen acaparando todo nuestro corazón. ¡Desgraciadamente, son muchos los que escuchan así! Conocen bien la Verdad, y esperan ser cristianos decididos un día, pero nunca llegan a dejarlo todo por Cristo. No se deciden nunca a buscar “primeramente el reino de Dios” y, por consiguiente, mueren en sus pecados.

Estas cosas se deben meditar con cuidado. No debemos olvidar nunca que existe más de una forma de escuchar la Palabra sin sacarle provecho. No basta con ir a escucharla: puede que vayamos pero que no le prestemos atención. No basta no ser de los que la escuchan sin prestarle atención: puede que nuestro aprendizaje solo sea transitorio, y que perezca fácilmente. No basta que nuestro aprendizaje no sea meramente transitorio, pues puede que nunca tenga ningún resultado, como consecuencia de nuestra obstinación de aferrarnos al mundo. Ciertamente “engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9).

¿Cuáles fueron estos espinos que ahogaron, sofocaron, la Palabra? En Lucas 8:14, se nos dice que son de tres clases: preocupaciones, placeres y riquezas. Mateo menciona dos (v. 22):

El afán de este siglo; es decir, las preocupaciones mundanas. La preocupación por el mundo venidero favorece el brotar y el crecer de esta semilla, pero la del mundo presente sólo sirve para ahogarla. Con gran propiedad comparó el Señor los afanes de este mundo con los espinos, puesto que punzan y tienen en vilo a la mente, arañan y lastiman con sus desengaños, y enredan y atan con los lazos de perversas conexiones, hasta que se cauteriza la conciencia (1 Ti. 4:2), y se vuelve insensible a las influencias de la gracia. Estos espinos ahogan la Palabra de Dios, pues las preocupaciones mundanas son un gran estorbo para el aprovechamiento de la Palabra de Dios y el consiguiente crecimiento espiritual

Oigamos el admirable comentario del gran Crisóstomo: «No dijo el Señor: “el siglo”, sino “el afán del siglo”; ni “la riqueza”, sino “el engaño de la riqueza”.

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